Oí la frecuencia,
mientras viajaba por el mar en un barco de tiza.
Era clara, era un susurro feroz destruyendo mis tímpanos.
Vi el final en un dispositivo de cera,
Vi tu cuerpo retirándose del jardín,
Vi el indicador electrónico con la palabra vacío,
Con el fin del alma.
Toqué tus ojos en una marea sorda,
En un espacio perdido,
Estábamos muertos,
todos muertos,
y tú te reías.
Y fue entonces cuando resucité cuatro veces mirándote a los ojos,
Tuve en mis manos el desfibrilador sagrado, pero hui.
Nadé por el fuego, por una parte de la carne,
conté los minutos en un cadáver de cuarzo.
Era inútil avanzar, era enorme el muro,
¿tú lo habrás montado?,
Pero no me rendí,
estaba solo en la tierra buscando la orientación.
Y encontré el cañón profundo,
me lancé sin alas delta,
sin paracaídas,
sin paraguas verde,
sin ti, sin ella, sin nadie,
sin la cabeza, sin mi espíritu,
volé sin tiempo, sin escuchar,
sin sentir, sin mirar,
sólo volé hasta el comienzo,
volé hasta el último escondite del hombre bueno,
a la cueva galáctica del silencio,
en la terraza del más acá,
donde sólo el miedo puede retumbar en la piel.
Volé tanto que toqué suelo
y llegué a la puerta blanca,
llegué a la grandiosa puerta blanca.
El principio del sol,
el rincón donde me espera la guardia real,
caminé dos pasos, luego cuatro, luego seis, luego mil,
caminé menos, caminé más,
y allí estaba, el espíritu blanco,
con la túnica de marfil,
me abrazó, me quiso ayudar,
al principio escuché su mensaje de miel cruda,
pero empecé a resistirme y entendí de males,
de miedos, de yerros,
entonces empecé a descender con alas de mujer,
con piel de ocaso
- esto ocurrió hace mil años- me indicaron los buitres del suelo.
seguí descendiendo a la estratosfera,
vi pasar a un pequeño llorando,
vi pasar al caballo de mi nacimiento,
y nuevamente comencé a oír la frecuencia,
clara, conciliadora, metódica, cristalina,
sonó el timbre que me indicaba nada,
los latidos confusos en la tina de baño,
oí que me pedías jugar,
pregunté quién eras,
pregunté por qué,
pregunté para qué
y luego dormí intensamente
sin sueño, sin cansancio, sin hambre ni sed,
en el país de los espantos
en mi adorado
círculo de pánico.
Héctor Veloso
Héctor Veloso
No hay comentarios:
Publicar un comentario